martes, 8 de junio de 2010

Agapito

Seguimos con las entradas sobre cosas curiosas que he visto en noticias o en diversos medios. La noticia no era muy buena. Fallece Agapito.

Pero, quién es ¿Agapito? Pues toda una historia... curiosa.

Tenía 3 años y una discapacidad psíquica cuando fue abandonado ante el Hospital Provincial de Pontevedra. Allí pasó su vida. ¿toda su vida? Sí, sí. La habitación 415 del Hospital Provincial de Pontevedra pasará a la historia como la de Agapito Pazos. Durante casi 80 años fue su única casa, y el equipo médico de medicina interna, su única familia. Ellos eran los pocos que sabían que para darle una cucharada de sopa había casi que engañarlo, pero cuando había un sándwich para merendar, no había quien le saciase el apetito.

Lo que hoy es un hospital del Sergas fue en sus inicios el único centro de beneficencia de la provincia. A sus puertas abandonaron un día de 1933 a Agapito Pazos aquejado de una discapacidad psíquica y una distrofia muscular en los miembros inferiores con deformación y distrofia en su mano derecha. Tenía 3 años. Ni siquiera las monjas pudieron hacerse cargo de él. Sus tutores legales desde 1993, de la Fundación Sálvora, suponen que fue su familia la que lo dejó en el torno giratorio de la entrada para no volver a salir nunca más del hospital, salvo cuando Eloy, uno de los celadores, ya fallecido, se lo llevó dos días a ver el mar de las Rías Baixas. El resto de su vida la pasó entre las cuatro paredes de la habitación. Desde su cama controlaba los cambios del jardín trasero hasta que el pasado sábado cerró sus ojos para siempre.

Y como cualquier vida, los recuerdos materiales de Agapito estaban en su casa, el Hospital Provincial. Era el único paciente que tenía cubiertos con sus iniciales, una habitación a su gusto y la cama orientada hacia la ventana. Sus peluches estuvieron a punto de ser donados al servicio de pediatría, pero para evitar posibles infecciones, el equipo médico descartó esta idea.

El equipo médico, en el que Agapito tenía sus preferencias, y sor Ana y sor Manuela, que durante años venían a verlo casi a diario, eran las pocas personas que lo entendían con la mirada, incluso cuando se negaba a comer la sopa del menú.

Su sonrisa no se apagó hasta los últimos meses, pese a que fue operado de un cáncer de estómago y sufrió un ictus que al final ya le impedía hablar.

Ochenta años de vida entre las paredes del hospital se apagaron este fin de semana, aunque el espíritu de superación de este amante del queso quedará para siempre en la habitación 415, la habitación de Agapito Pazos Méndez.

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